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miércoles, 1 de mayo de 2013

Otoño

Siete de la mañana. Para algunos noche del sábado, para otros, madrugada del domingo. Para algún que otro suertudo estamos hablando del enésimo sueño.
Caminamos por Pueyrredón porque sos un amargo y no te gusta alejarte de tu casa. No me molesta. Preferiría caminar descalza, en la arena, con las olas lamiendo los talones, con el sol haciéndome llorar los ojos, y con el viento salado contra el pelo. "Lo que pasa es que vos estás acostumbrada a viajar a todos lados porque sos inquieta y no podés quedarte en un sólo lugar. Yo nunca salgo de casa y soy feliz". Feliz, bah. "No sé cómo hacés. Te la pasás de pantalla en pantalla. La compu en el laburo, en casa la tele, la otra compu, el celular... Estás demente. Yo me volvería loca", te contesto. Ya sé que no entendés, así como yo no te entiendo. Igual, es divertido. Al menos te hago caminar por la calle.
Voy pegando saltitos en zigzag, aprovechando que no hay nadie, pisando todas las hojitas que se me cruzan en la vereda. Porque es otoño, porque son lindas, porque crujen, porque sé que en unos meses no van a estar más y no quiero esperar otro año, porque en la semana no puedo salir a pisar hojitas, porque está nublado y el viento me hace ruidito en las orejas y tengo puesto este saco de lana que me encanta y que me hace pensar que tengo seis años de nuevo, que estoy en Boedo de la mano con mi papá saliendo de la iglesia, él tararea algo, y pisamos hojitas y hojitas y hojitas y...
"Julieta, parecés una nena".
"Es una pena que lo uses como algo despectivo. Porque si hay algo de mí que me gusta, es sentirme con la libertad y las ganas de hacer cosas de nena, y no tener vergüenza de eso. Pisá una hojita. Capaz que hasta se te van un par de canas".
Y mientras sigo saltando veo de reojo cómo, con cautela, con precaución, como si hubieran minas antipersonales en las baldosas, aplastás, de a poco, un montoncito de hojitas.

sábado, 13 de octubre de 2012

Ufa

Yo te quiero. No te lo digo porque tengo ese no se qué de los-flacos-se-espantan-con-los-te-quiero. No te lo digo ni te lo pienso decir. Ojo, estoy bien así.
Me encanta que me prepares café siempre, aunque vos no tomes porque no te gusta. Es un gesto tierno.
Adoro que compres siempre chocolate.
Y cuando sonreís te juro, te juro que derretís a todo el mundo.

Ahora, ¿podés dejarme ganar al jueguito de computadora que jugamos aunque sea UNA vez? Lo más cerca que estuve fue empatar.
Voy a practicar, y ya vas a ver.

domingo, 5 de agosto de 2012

Les presento a G (platónico)


Estuve negándomelo a mí misma pero ya se me escapa el asunto de las manos.
Me estoy empezando a enamorar, creo.
Sigo viviendo en mi departamento, pero voy a dormir con él todos los días. Tengo en su departamento un cepillo de dientes, un pijama, una mesita de luz y unas pantuflas.
Ya lo estoy pensando como algo a futuro (a futuro inmediato, a corto plazo, de acá  a un par de meses, pero a futuro en fin). Así que les presento a G. Lo considero una especie de amor platónico porque estoy en esa etapa patética que repudio tanto del enamoramiento, en donde endiosamos al objeto en el que depositamos el amor al punto de considerarnos ínfimos, insignificantes, y consideramos que nos vio por una especie de milagro divino, que ese cariño que nos tiene es inmerecido, y acá nos llenamos de pensamientos infames como "con lo bueno que está cómo se pudo fijar en mi", "ya se va a dar cuenta/se va a aburrir y se va a ir". Nos volvemos chiquititos y el otro se vuelve Dios. Literalmente.
Bueno, estoy en esa etapa. Así que G es mi amor platónico, ese que nunca, nunca se iba a poder fijar en una flaquita sosa como yo.
Y se fijó, le gusto, pseudo convivimos, cocinamos, vemos películas y hablamos por horas.
Aún así no me la termino de creer (daaaaale Juli, estás soñando, no seas ilusa). Y no, no me la creo. Estoy esperando que la burbuja se pinche, que el chabon se ponga los anteojos, que se le aparezca una rubia tetona infartante y se vaya; en fin, que pase lo que siempre pasa.
Convengamos que aunque esté bastante desconfiada de la situación, me estoy enganchando igual. Y trato de que los sentimientos no vayan a tres mil por hora. Voy despacio, paso a pasito, tanteando el terreno, sin dejar entrever (o eso intento) la fascinación que tengo por el pibe.
Mientras tanto, les presento a G. Lee mucho, come chocolate, cuando sonríe compra el mundo, me prepara el café más rico de todos y se enternece con mi cara de fiaca de las mañanas.
Platónico, sin la parte del imposible.